lunes, 15 de diciembre de 2014

Estoy recostada en el pasto. Tan cómodo que no puede ser real. O sí lo es, pero no es un pasto en absoluto. Abro los ojos, no sin esfuerzo, y veo el cielo nocturno, claro, sin nubes, lleno de estrellas brillando orgullosas.
—Mira.
Una voz tan dulce es un suave susurro en mi oído y siento una caricia de su aliento en mi cara. Levanto un poco el rostro y lo encuentro mirándome sonriente, aunque la luz de sus ojos parece querer desmentir el gesto de sus labios.
—Eros… —murmuro cuando comprendo que en realidad estoy recostada sobre su pecho mientras él me abraza con cuidado.
Él murmura un asentimiento y posa un ligero beso en mi frente.
—Mira —repite y señala con un gesto hacia el cielo.
—¡Una estrella fugaz! —grito, sorprendida, mientras intento pensar un deseo.
Eros murmura en voz baja algo que no comprendo mientras yo pienso que lo que estoy viendo no es en absoluto una estrella fugaz. Las estrellas fugaces cruzan el cielo apareciendo desde la nada y desvaneciéndose del mismo modo. Lo que veo es una estrella que cae. Estaba allí, brillando insolente, y de pronto ha comenzado a caerse dejando una hermosa cortina dorada. De cualquier modo, no me preocupa eso, sino que soy incapaz de pedir un deseo. Nada se me ocurre.
—¡Rápido, pide un deseo! —ordeno, girándome hacia él que me mira con seriedad—. Es una estrella fugaz. Pide un deseo —repito, asustada de que el momento pase y ninguno de los dos haya formulado deseo alguno.
Pero Eros sigue mirándome del mismo modo y aunque yo reconozco su gesto no quiero darme cuenta de lo que significa. Él niega con la cabeza y me atrae de nuevo hacia su pecho, abrazándome.
—No te das cuenta de lo que me haces ¿verdad? —su voz tan fuerte que sea es un susurro, pero sus palabras suenan con fuerza dentro de mi cabeza.
—No —respondo, y es completamente cierto.
No tengo ni la menor idea de qué habla ni mucho menos entiendo por qué no pide un deseo o por qué no puedo yo pedir el mío. Seguro que deseo algo, pero soy incapaz de recordarlo.
—No es la primera vez que te pasa —dice con voz sarcástica—. En tu cumpleaños, al tener que apagar las velas…
Cierto. No sabía qué deseo pedir. No porque tuviera muchos entre los que decidir, sino porque sentía que nada de lo que quería era lo suficientemente importante como para ser formulado como deseo. Al final, decidí entregar mi deseo a otra persona, y lo pedí en su nombre. Me sentí bien al hacerlo, necesitaba ese deseo más que yo. Supongo que ahora intento hacer lo mismo, pero Eros no necesita pedir deseo alguno. Esa estrella es mía y yo la estoy desperdiciando.
—Tranquila, las estrellas no se desperdician —susurra y me sonrojo al comprender que está metido otra vez en mi cabeza—. Y de todos modos estas estrellas no son de esas.
—Lo sé —digo automáticamente, y sé que es verdad, que desde el primer momento he sabido que aquella no era una estrella fugaz.
—Bien —asiente y me atrae aún más hacia él y por un instante no sé si es para reconfortarme a mí a o a él mismo con ese gesto—. Allá van.
Y, como si hubieran oído su voz y no pudieran resistirse a sus palabras, innumerables estrellas comienzan a caer, igual que ha hecho la primera de ellas, dejando el cielo pintado de líneas de luz con sus rastros.
Pero yo no puedo prestarles atención, porque la primera estrella, la que creía que era una estrella fugaz, está ya muy cerca del suelo. Y es tan hermosa… :')
Me levanto y Eros no hace nada para impedirlo. Camino unos pasos y extiendo mi mano para que la estrella se pose suavemente sobre ella. Roza mis dedos, sin quemarme, aunque siento un leve cosquilleo. Es lo más bello que he visto en mi vida y no puedo dejar de mirarla mientras flota en mi mano, como si realmente no quisiera apartarse de ella, o no le importara que yo la cogiera y observara.
Su forma me recuerda a las imágenes de los cristales de nieve, sólo que es millones de veces más sencilla y al mismo tiempo más impresionante. Su imagen es cálida y agradable. Y su brillo, tan intenso, desprende luz y es luz en sí misma.
La estrella se posa en la palma de mi mano y yo temo por su fragilidad. No quiero que se rompa, se apague o se diluya. Y aunque sé que no lo hará, el mero pensamiento me atormenta.
Oigo una risita traviesa y recuerdo a Eros sentado en el pasto. Camino hacia él para mostrarle mi estrella y niega con la cabeza mientras sonríe y, con un gesto, señala hacia arriba.
—¡Oh, Dios mío, llueven estrellas! —grito sorprendida mientras las estrellas que antes he visto comenzar a caer van llegando poco a poco a nosotros.
Es lluvia. Una lluvia brillante y hermosa. Conmovedora.
Giro con los brazos extendidos bajo la lluvia de luz, mientras miles de estrellas caen sobre nosotros. Y, de pronto, sé qué estoy viendo, qué está pasando.
—Oh, Dios… —murmuro, deteniendo mi estúpido baile y abro la mano frente a mí para ver de nuevo la estrella que se ha posado en ella.
Aúspice se levanta y camina hacia mí, pero se detiene unos pasos antes de llegar. Yo lo miro con asombro y le veo asentir.
—Estoy soñando…
Eros sonríe.
Intento recordar cómo hacerlo para tomar el control del sueño. Quiero mirar mis manos, pero temo por mi estrella.
—Enséñame tus manos —ordeno y él lo hace mientras se ríe y niega con la cabeza.
Es un sueño. Estoy segura de que lo es, porque de ninguna otra manera podrían llover estrellas, pero las manos de Eros son normales. Igual que las mías, que mantienen con cuidado a la estrella en su interior.
—Sé que esto es un sueño.
Eros se encoge de hombros.
—Y sé qué es lo que me estás mostrando —digo, y avanzo hacia él lentamente.
—Pero sigues sin entender qué haces —responde, y camina hacia mí recortando la distancia que nos separa—. Lo que me haces. Lo que provocas…
No. No entiendo a qué se refiere. Pero me niego a darle la satisfacción de decirlo en voz alta.
Él coge mis manos entre las suyas y las abre. La estrella que sigue allí brilla con fuerza y parece aún más hermosa. Pienso que va hacerla desaparecer, y me asusto, pero en lugar de eso me atrae hacia él y me besa. Me besa de verdad, con uno de esos besos que sientes en todo el cuerpo y desmontan la mente. Y yo no puedo hacer otra cosa sino besarle, olvidándome de la fragilidad de la estrella que sostengo.
—Sabes a naranja —murmura casi sobre mis labios y veo una sonrisa en sus ojos.
—Son los caramelos de mi abuela —respondo, aunque no sé por qué, y un sinfín de imágenes de mi abuela y los caramelos que siempre me traía cuando venía de visita pasan por mi mente. Sé que he estado con ella y que ahora tengo una caja de ellos en mi bolsillo—. ¿Quieres uno?
Eros sonríe y, sin soltarme, mete la mano en mi bolsillo mientras posa un suave beso sobre mis labios antes de separarse para sacar uno de los caramelos y metérselo en la boca. Su sonrisa se amplía.
—Están buenos —dice, acercándome a él de nuevo y dejando la caja de caramelos en el bolsillo del que la había cogido—. Ahora entiendo por qué te gustan tanto.
Se acerca de nuevo a mí y sus labios encuentran los míos, pero yo me aparto.
—No puedes besarme con un caramelo en la boca —protesto y él me mira con una perfecta expresión de burla y confusión.
—¿No?
—No.
—Maniática.
—Sí.
—Nadie es perfecto —murmura, encogiéndose de hombros, mientras muerde el caramelo y se lo traga. Sonrío.
—¿Ni siquiera tú? —pregunto con burla.
—Me duele decirlo, pero no. Ni siquiera yo —responde y me acerca otra vez a él—. Ya no hay caramelo. Era de fresa.
—Bien —quiero responder, pero se traga mis palabras igual que antes ha hecho con el caramelo.
Me pierdo en su boca y en su abrazo y quiero que ese beso dure eternamente, pero de pronto recuerdo que eso no es más que un sueño. Uno fantástico en el que he recogido una estrella con mis manos :)
 Eros se retira suavemente, liberando mi boca, y aunque quiero protestar sé que no conseguiré absolutamente nada. Sonríe.
—Está bien, ¿qué es lo que necesitas, manos? Aquí —dice, poniendo una de sus manos frente a mi cara, pero vuelvo a verla normal.
Le oigo suspirar y casi al mismo tiempo sus dedos se alargan antinaturalmente y uno de ellos se retuerce.
—¡Sí que es un sueño! —digo, feliz por haberlo podido comprobar con total seguridad y le siento reír junto a mi cuerpo.
—Muy bien, princesa —me felicita sin disimular la burla en su voz—. ¿Y ahora qué?
—Bueno… —dudo un instante, más pendiente del calor de su cuerpo contra el mío y del brazo que mantiene en torno a mi cintura que del sueño que he descubierto como tal—. ¿Tengo que controlarlo?
Le oigo reír, pero esta vez su cuerpo no tiembla como antes con su risa.
—Adelante —dice, liberándome de su abrazo.
Miro alrededor mientras me repito que estoy soñando y que no voy a despertarme por saberlo. Las imágenes se hacen cada vez más claras, más nítidas, y me doy cuenta de que lo he conseguido, pero no sé qué hacer ahora. ¿Por qué rayos quería conseguir yo la lucidez en sueños? Si lo que estaba pasando era perfecto, y la verdad no sé porque me preocupaba tanto. No queria que acabara nunca, como estaba cien por ciento segura de que solo era un sueño, temía que acabara y nunca más volverlo a ver.
 La medianoche no dura para siempre..La oscuridad se convierte en luz, ''Las luces te guiarán a casa'' decía una canción. Me siento en casa ahora mismo, aunque no lo este. Trataré de no pensar más en que solo es nada más que un sueño y pasaré lo que resta de la noche disfrutando cada momento.
 Entonces soy yo, Eros y las estrellas.
Me giro hacia Eros que me mira y baja la cabeza tiernamente.
—Es como con los deseos —explica viendo el suelo—. Siempre te pasa igual.
—Ya… —murmuro, mientras recuerdo la última vez, que no sabía qué hacer, me dio por volar y acabé perdiendo cualquier rastro de lucidez—. ¿Entonces, qué?
—¿Más caramelos? —pregunta y señala a mi bolsillo.
—Podría devorarte a preguntas —insinúo.
—Pero no quieres sentir con serenidad esta experiencia ¿verdad?
—Sí, pero..
—Observo que Eros se acerca rápidamente a mí y me besa, y sonríe. Su sonrisa era hermosamente cálida.
Sonrío.
—Eros en su mente piensa formando un pequeño poema: ''Sus labios tan besables, y su beso imperdible, sus dedos tan tocables y sus ojos irresisitibles.'' Trato de preguntarme ¿debería ver a alguien mas? Desearía saber la respuesta.
—Bien. Caramelos, pues? —dice Eros, mientras vuelve al pasto y se arrecuesta—. Aquí sigues teniendo un sitio, ¿sabes?
Asiento, llevándome un caramelo a la boca y tendiendo la caja hacia él mientras camino hacia dónde se encuentra. Coge otro caramelo, de naranja, y me sonríe.
—¿Qué tal si pongo una canción? —pregunta cuando me siento a su lado.
—Esta bien. 
—Miro que saca un ipod y unos auriculares, me coloca un auricular en mi oído izquierdo rozando mis sienes, y selecciona una canción. Suena una guitarra tranquila y después una batería y rápidamente sonrío mirandolo a los ojos y le digo —¡Es Yellow, mi canción favorita! —digo sorprendida—  Me sonríe y me dice:
—Shhh.. escuchala viendo las estrellas —poniendome su dedo en mi boca— 
Y me susurra al oído: ''Mira las estrellas, mira como brillan por tí'' dibujando una línea en el cielo estrellado, y cerrando su puño —para tí— me dice.
Abro la mano y me pone algo, veo una estrella brillando y flotando sobre mi palma.
—Las estrellas no caen del cielo —digo, recostándome sobre el pecho de Eros que pasa su brazo sobre mis hombros y me aprieta contra él.
—No, qué va… —murmura muy cerca de mí—. Sólo una tercera parte lo hizo, y eso son unas…
—Miríadas y miríadas y miríadas…
—Sí —me interrumpe—. Miríada arriba o abajo…
—¿Sabes una cosa? A veces envidio a los que quieren la lucidez onírica para volar —suelto y mi voz sale más ácida de lo que pretendo. (Creo que era por el caramelo jaja de naranja)
—Sigue autoengañándote cuanto quieras, princesa jaja, pero tú no necesitas eso para volar ni velas de cumpleaños o estrellas fugaces para pedir deseos —le siento moverse debajo de mí, pero no hago caso a sus comentarios, estoy acostumbrada a ellos—. Y lo que yo necesito ahora es un té, tengo mucho frío.
—Ten, tengo una manta para el frío. Y mis brazos para abrigarte :)
—Río (jajaja) gracias Eros.
—¿Té? — ¿Sí? respondo, con duda y veo una mesita aparecer frente a nosotros con una hermosa tetera humeante, y dos vasitos de cristal.
—Té —responde, inclinándose para servirlo—. Tenemos mucho de qué hablar ¿no crees?
Me tiene una taza y doy un sorbo mientras él hace lo mismo. La infusión sabe a naranja. Le miro, levantando una ceja medio sonriendo, y se encoje de hombros, .
—Es mi nuevo sabor favorito —dice y una sonrisa pícara se dibuja en su boca y, esta vez sí, ilumina su mirada hasta el punto de empequeñecer el brillo de la estrella que todavía sostengo—. Al menos, hasta que pierda la lucidez de nuevo.